Tres
Te despiertas en el aeropuerto internacional de Air Harbor.
Cada vez que el avión se ladeaba en exceso al despegar o al aterrizar, rezaba para que nos estrellásemos. Momentos como éstos me curan el insomnio con narcolepsia, pues tal vez muramos irremediablemente, reducidos a hebras de tabaco humano prensadas contra el fuselaje.
Así conocí a Tyler Durden.
Te despiertas en el aeropuerto de O'Hare.
Te despiertas en el aeropuerto de La Guardia.
Te despiertas en el aeropuerto de Logan.
Tyler trabajaba de operador de cine a media jornada. Por su forma de ser, Tyler sólo podía hacer trabajos nocturnos. Si un operador llamaba diciendo que estaba enfermo, el sindicato recurría a Tyler.
Algunas personas son nocturnas; otras son diurnas. Yo sólo puedo trabajar de día.
Te despiertas en el aeropuerto de Dulles.
El seguro de vida te paga el triple si falleces en un viaje de trabajo. Rezaba para que hubiera turbulencias y viento de cola. Rezaba para que algún pelícano fuera succionado por las turbinas o para que el fuselaje tuviese algún perno suelto o se condensara hielo en las alas. Al despegar, mientras el avión recorría la pista y los alerones se levantaban, nuestros asientos se mantenían en posición vertical y las bandejas sujetas y el equipaje de mano metido en el compartimiento superior; cuando ya habíamos apagado los cigarrillos y llegábamos al final de la pista de despegue, rezaba para que nos estrellásemos.
Te despiertas en el aeropuerto de Love Field.
Si el cine era antiguo, Tyler cambiaba las bobinas en la cabina de proyección. Para eso hay que contar con dos proyectores, uno de los cuales está en funcionamiento.
Lo sé porque Tyler lo sabe.
El siguiente rollo de película se coloca en el segundo proyector. La mayoría de las películas constan de seis o siete pequeños rollos dispuestos en un orden determinado. En los cines modernos montan todos los rollos juntos y se obtiene otro que mide un metro y medio, con lo cual no hay que emplear dos proyectores ni hacer cambios de bobinas, ni ralentizar o acelerar el primer rollo, ni poner en marcha el segundo rollo en el otro proyector, ni poner en marcha el tercer rollo de nuevo en el primer proyector.
Conecta.
Te despiertas en el aeropuerto de SeaTac.
Estudio a las personas que aparecen en las instrucciones de emergencia plastificadas que hay en el asiento. Una mujer flota en el océano; su cabello castaño se esparce hacia atrás y mantiene el cojín apretado contra el pecho. Tiene los ojos completamente abiertos, pero no sonríe ni frunce el ceño. En otra viñeta, los pasajeros, tranquilos como vacas sagradas, se estiran para coger las máscaras de oxígeno que cuelgan del techo impulsadas por un resorte.
Debe de tratarse de una emergencia.
¡Oh!
Hemos perdido presión en la cabina.
¡Oh!
Te despiertas en el aeropuerto de Willow Run.
Cine antiguo, cine nuevo; para acarrear una película hasta el siguiente cine, Tyler tiene que volver a cortar la película en los seis o siete rollos originales. Estos rollos de menor tamaño se guardan en un par de maletas hexagonales de acero. Cada maleta tiene un asa en la tapa. Levanta una y te dislocarás el hombro de lo que pesan.
Tyler trabaja de camarero sirviendo mesas en los banquetes que organiza un hotel del centro de la ciudad; también trabaja de operador de cine para el sindicato de operadores. No sé cuánto tiempo trabajó Tyler durante todas aquellas noches en las que no podía dormir.
En los cines antiguos que proyectan películas con dos aparatos, el operador tiene que permanecer de pie para hacer el cambio de proyectores justo en el momento exacto, de manera que los espectadores no aprecien el corte cuando un carrete comienza y otro acaba. Hay que estar pendiente de los puntos blancos que aparecen en la parte derecha de la esquina superior de la pantalla. Son el aviso. Estáte atento a la película y verás dos puntos blancos cuando se va a acabar uno de los rollos.
En la jerga del oficio se les conoce como «quemaduras de cigarrillo».
El primer punto blanco te advierte que quedan dos minutos. Enciendes el segundo proyector para que gane velocidad.
El segundo punto blanco es el aviso de que quedan cinco segundos. ¡Qué emoción! Estás de pie entre los dos proyectores y la temperatura en la cabina te hace sudar, son las lámparas de xenón, que te dejarían ciego si las miraras directamente. El destello del primer punto blanco aparece en la pantalla. El sonido de las películas
procede de un altavoz enorme situado tras la pantalla. La cabina de proyección está insonorizada porque, de lo contrario, se oiría el chasquido de los dientes del engranaje que arrastra la película ante las lentes a una velocidad de ciento ochenta centímetros por segundo, diez fotogramas por cada treinta centímetros, sesenta fotogramas apresados por segundo, como el restallido de una ametralladora Gatling. Con los dos proyectores en marcha, te sitúas entre ellos y empuñas las palancas de cada uno de los obturadores. Cuando los proyectores son realmente viejos, dispones de una alarma en el eje del carrete de alimentación.
Los puntos blancos de aviso siguen apareciendo incluso cuando echan la película por televisión. Lo mismo sucede con las películas que se ven en los aviones.
Dado que la mayor parte de la película se enrolla en la bobina receptora, ésta gira cada vez con mayor lentitud, lo cual obliga a la bobina de alimentación a girar más rápido. Cuando se va a acabar un rollo, la bobina de alimentación gira a tal velocidad que comienza a sonar una alarma para avisarte de que has de cambiarlo.
Hace calor en la oscuridad debido a las lámparas de los proyectores y suena la alarma. Mantente de pie entre los dos proyectores con una palanca en cada mano y vigila la esquina superior de la pantalla. Aparece el destello del segundo punto blanco. Cuenta hasta cinco. Cierra uno de los obturadores y al mismo tiempo abre el otro.
El cambio está hecho.
La película continúa.
Ningún espectador tiene la menor idea de lo que ha ocurrido.
La alarma está en la bobina de alimentación para que el operador pueda echar una cabezada. Los operadores de cine hacen muchas cosas que no deberían hacer. No todos los proyectores tienen alarma. A veces te despiertas aterrorizado en la oscuridad de tu habitación creyendo que te has quedado dormido en la cabina y te has olvidado de cambiar los rollos. Los espectadores te insultan; has destruido la ilusión creada por la película y el gerente dará buena cuenta al sindicato.
Te despiertas en el aeropuerto de Krissy Field.
El encanto de viajar me acompaña a todas partes, a llevar una vida diminuta. En el hotel me dan una pastillita de jabón; un sobrecito de champú; una ración individual de mantequilla; una pequeña dosis de enjuague bucal, un cepillo de dientes de usar y tirar. Encógete en el asiento del avión. Eres un gigante. El problema es que tus hombros son demasiado anchos. Tus piernas, como las de Alicia en el País de las Maravillas, se vuelven de repente tan largas que tocas con ellas los pies del pasajero que tienes delante. Llega la cena: un kit en miniatura de pollo cordón bleu como los de «hágalo usted mismo», una especie de rompecabezas para mantenerte entretenido.
El piloto ha encendido el aviso de que permanezcamos con el cinturón de seguridad puesto, y oímos por megafonía «les rogamos se mantengan sentados».
Te despiertas en el aeropuerto de Meigs Field.
A veces, Tyler se despierta en la oscuridad, agitado por el temor a haberse olvidado de cambiar los rollos o pensando que la película se ha roto o que se ha quedado tan adherida al proyector que los dientes del engranaje están taladrando la cinta de la banda sonora.
Cuando los dientes del engranaje perforan una película, la luz de la lámpara atraviesa la banda sonora y, en vez de oír hablar a los personajes, te quedas sordo oyendo el bup, bup, bup de las hélices de un helicóptero cada vez que el haz de luz se filtra por los agujeros de arrastre.
Qué otras cosas no debería hacer un operador de cine: Tyler saca diapositivas con los mejores fotogramas de las películas. Seguro que en la primera película que recuerdas con tomas frontales integrales aparecía desnuda la actriz Angie Dickinson.
Antes de que se hubiera llevado la copia desde los cines de la Costa Oeste a los de la Costa Este, la escena del desnudo había desaparecido. Un operador cortó un fotograma; otro operador cortó otro fotograma. Todos querían tener una diapositiva de Angie Dickinson desnuda. Cuando el porno se abrió paso en los cines, algunos de estos operadores lograron reunir colecciones de proporciones épicas.
Te despiertas en el aeropuerto de Boeing Field.
Te despiertas en el aeropuerto de Los Ángeles.
Esta noche el avión está casi vacío, así que pliega sin reparos el reposabrazos y túmbate. Te estiras en zigzag, con las rodillas dobladas, la cintura doblada y los codos doblados ocupando tres o cuatro asientos. Adelanto el reloj dos horas o lo retraso tres según el huso horario del Pacífico, el de las Montañas Rocosas, el central o el del Este; pierdes una hora, ganas una hora.
Así es tu vida y se consume minuto a minuto.
Te despiertas en el aeropuerto de Cleveland Hopkins.
Te despiertas, otra vez, en el aeropuerto de SeaTac.
Eres operador de cine y estás cansado y enfadado; pero sobre todo, estás aburrido y empiezas quitándole a otro operador un fotograma pornográfico que encontraste en un escondrijo de la cabina y montas en otra película el fotograma de un pene rojo y amenazador o el primer plano de una vagina húmeda y entreabierta.
Es una de esas películas de aventuras con mascotas en las que el perro y el gato se quedan atrás mientras la familia se va de viaje, y tienen que encontrar el camino de vuelta a casa. En el tercer rollo, justo después de que el perro y el gato, que hablan entre sí como personas, hayan comido en un cubo de basura, aparece por un instante un pene en erección.
Tyler hace esto.Un fotograma de una película equivale en la pantalla a una sexta parte de un segundo. Divide un segundo en seis partes iguales y sabrás lo que dura la imagen de la erección.
Un pene rojo, lúbrico y terrible se eleva cuatro pisos por encima de los espectadores, que comen palomitas, y nadie lo ve.
Te despiertas de nuevo en el aeropuerto de Logan.
Ésta es una forma espantosa de viajar. Asisto a reuniones a las que mi jefe no quiere ir. Tomo notas. Vuelvo otra vez contigo.
Dondequiera que vaya, allí estaré para aplicar la fórmula. Mantendré el secreto.
Es sólo cuestión de aritmética.
Es un problema con argumento.
Si uno de los coches nuevos fabricados por la compañía sale de Chicago en dirección oeste a cien kilómetros por hora y se bloquea el diferencial trasero y el coche se estrella y arde con todos sus ocupantes atrapados en el interior, ¿retirará la compañía los coches?
Toma el número de vehículos en carretera (A) y multiplícalo por el índice de probabilidad de que tenga una avería (B); luego multiplica el resultado por el coste medio de un acuerdo amistoso (C).
A por B por C igual a X. Esto es lo que costará retirar los coches.
Si X supera el coste de retirarlos, los retiramos y nadie sufre daño alguno.
Si X es inferior al coste de retirarlos, no los retiramos.
Dondequiera que voy, siempre encuentro la carrocería de un coche quemada y arrugada como un fajo de billetes. Sé dónde están enterrados todos los cadáveres. Considéralo mi garantía para conservar el trabajo.
Hora de llegar al hotel y comida en el restaurante. Dondequiera que voy, desde el aeropuerto de Logan hasta el de Krissy o el de Willow Run, entablo amistades fugaces con las personas que se sientan a mi lado.
Le explico al amigo de un día sentado a mi lado que soy coordinador de compañías que retiran coches, pero que estoy intentando labrarme una carrera fregando platos.
Te despiertas de nuevo en el aeropuerto de O'Hare.
Después de aquello, Tyler insertaba en todas las películas el fotograma de un pene. Por lo general, eran primeros planos: una vagina del tamaño del Gran Cañón (con eco incluido) o un pene de cuatro pisos de altura, que se estremecía con el pulso de la tensión arterial mientras la gente veía cómo bailaba Cenicienta con el Príncipe Azul. Nadie se quejaba. El público seguía comiendo y bebiendo, pero la función ya no era la misma. La gente sentía náuseas o empezaba a llorar sin saber por qué. Sólo un colibrí habría podido pillar a Tyler con las manos en la masa.
Te despiertas en el aeropuerto JFK.
Al aterrizar, soy un neumático que se deforma y se hincha cuando una rueda choca con un golpe sordo contra la pista de aterrizaje y el avión se inclina hacia un lado y se debate por un instante entre enderezarse o volcar. Durante ese instante nada importa. Mira a las estrellas y habrás desaparecido. Nada importa. Ni tu equipaje ni tu mal aliento. Por las ventanillas se ve la oscuridad del exterior y se oye detrás el rugido de las turbinas. Si la cabina se inclina y adopta un ángulo impropio con las turbinas en marcha, nunca más tendrás que presentar otra demanda de indemnización. Necesitas un recibo para reclamar objetos cuyo valor supere los veinticinco dólares. Nunca más tendrás que cortarte el pelo.
Otra sacudida y la segunda rueda choca contra el asfalto. Se oye el ruido que hacen las hebillas de cien cinturones de seguridad al abrirse y el amigo de un día que se sienta a tu lado, y con el que has estado a punto de morir, te dice:
—Espero que consiga encauzar esa carrera.
—Sí; yo también.
Y éste es el tiempo que ha durado todo. Y la vida continúa.
Y no sé cómo nos conocimos, por casualidad, Tyler y yo.
Te despiertas en el aeropuerto de Los Ángeles.
Otra vez.
Mi amistad con Tyler nació porque fui a una playa nudista. Fue a finales de verano, mientras dormía. Tyler estaba desnudo y sudaba, rebozado en arena, con el pelo húmedo y desgreñado cubriéndole la cara.
Tyler llevaba ya mucho tiempo por aquí antes de que nos conociéramos.
Tyler sacaba del agua los troncos que iban a la deriva y los arrastraba playa adentro. Ya había clavado varios troncos en la arena húmeda, con varios centímetros de separación y formando un semicírculo que se levantaba hasta la altura de los ojos. En total había cuatro troncos, y al despertarme observé cómo Tyler arrastraba un quinto tronco playa adentro. Tyler excavó un agujero junto a un extremo del tronco, levantó la parte superior y el tronco se deslizó en el agujero, y quedó de pie adoptando un ligero ángulo.
Te despiertas en la playa.
Éramos las únicas personas que había en la playa.
Con un palo Tyler trazó en la arena una línea recta a varios metros de distancia. Volvió a enderezar el tronco y apelmazó a pisotones la arena alrededor de la base.
Fue el único que presenció la escena.
Tyler me pidió que me acercase y me preguntó:
—¿Sabes qué hora es?
Yo siempre llevo reloj.
—¿Sabes qué hora es?
Le pregunté: «¿Dónde?».
—Aquí y ahora —me dijo Tyler.
Eran las cuatro y seis minutos de la tarde.
Al cabo de un rato Tyler se sentó a la sombra de los troncos enhiestos con las piernas cruzadas. Tyler permaneció sentado unos minutos, se levantó y se dio un baño, se puso una camiseta y unos pantalones elásticos y se dispuso a marcharse. Tenía que preguntárselo.
Tenía que saber qué había estado haciendo Tyler mientras yo dormía.
Si me despertara en un lugar distinto, en un momento diferente, ¿lograría despertarme siendo otra persona?
Le pregunté a Tyler si era artista.
Tyler se encogió de hombros y me indicó que los cinco troncos eran más anchos por la base. Tyler me mostró la línea que había trazado en la arena y la forma en que había calculado con ella la sombra proyectada por cada tronco.
A veces te despiertas y tienes que preguntarte dónde estás.
Lo que Tyler había creado era la sombra de una mano gigantesca. Sólo que ahora sus dedos eran tan largos como los de Nosferatu y el pulgar era demasiado corto, aunque me dijo que a las cuatro y media exactamente, la mano sería perfecta. La sombra gigantesca de la mano era perfecta durante un minuto y durante un inmuto perfecto Tyler había estado sentado sobre la palma de esa perfección creada por él.
Te despiertas y no estás en ningún sitio.
Un minuto era suficiente, dijo Tyler; hay que trabajar duro para lograrlo, pero por un minuto de perfección valía la pena el esfuerzo. Lo máximo que podías esperar de la perfección era un instante.
Te despiertas y basta.
Se llamaba Tyler Durden y trabajaba de operador de cine para el sindicato; también era camarero de banquetes en un hotel céntrico, y me dio su número de teléfono.
Así nos conocimos.
Cuatro
Esta noche están aquí todos los típicos parásitos cerebrales. Las sesiones de Arriba y Más Allá siempre cuentan con una nutrida asistencia. Éste es Peter. Este es Aldo. Esta es Marcy.
¿Qué tal?
Presentaciones. Hola a todos; ésta es Marla Singer; es la primera vez que viene.
Hola, Marla.
La sesión de Arriba y Más Allá comienza con el rap de la recuperación. El grupo de apoyo no se llama Enfermos con Parásitos Cerebrales. Jamás oirás a nadie decir parásitos. Todos están siempre en franca mejoría. ¡Ah, este nuevo medicamento! Aunque siempre acaban de salir de un bache, no verás más que miradas extraviadas, tras llevar cinco días con dolor de cabeza. Una mujer se enjuga unas lágrimas involuntarias. Todos llevan una tarjeta de identificación y la gente a la que has visto todos los martes por la noche a lo largo de un año, acude a tu encuentro con la mano tendida y los ojos clavados en tu tarjeta de identificación.
No creo que nos conozcamos.
Nadie dirá parásitos. Dirán agentes.
Tampoco dirán curación. Dirán tratamiento.
Durante el rap de la recuperación uno de los enfermos describirá la forma en que el agente se extendió por su columna vertebral hasta que, de repente, perdió el control sobre la mano izquierda. El agente, dirá alguno, le ha secado las meninges y ahora el cerebro se desplaza con libertad dentro del cráneo provocando este tipo de ataques.
La última vez que estuve aquí, la mujer llamada Cloe nos comunicó las únicas noticias buenas que tenía. Cloe se puso de pie con dificultad, apoyándose en los brazos de madera de la silla, y dijo que ya no tenía miedo a morirse.
Esta noche, después de las presentaciones y el rap de la recuperación, una chica a la que no conozco y cuya tarjeta la identifica como Glenda nos dice que es la hermana de Cloe y que, por fin, a las dos de la mañana del martes pasado Cloe se murió.
¡Oh! Este momento debería de ser delicioso. Durante dos años Cloe ha llorado en mis brazos y ahora está muerta; muerta y enterrada, enterrada en una urna, mausoleo o columbario. ¡Oh!, la prueba de que un día estás vivo y arrastrándote por el mundo, y al siguiente te has convertido en un frío fertilizante, en bufé para gusanos. Este es el asombroso milagro de la muerte, y sería un momento delicioso si no fuera por... ¡ah! por esa mujer.
Marla.
¡Vaya! Marla me está mirando otra vez, destacándose entre todos los parásitos cerebrales.
Mentirosa.
Farsante.
Farsante.
Marla es la farsante. Tú eres el farsante. En realidad, cada vez que alguien pone cara de dolor, o cae al suelo retorciéndose y gruñendo mientras la entrepierna de sus vaqueros se vuelve azul oscuro, todo es una farsa.Esta noche, de repente, la meditación guiada no me transportará a ninguna parte. Detrás de cada una de las siete puertas del palacio, la puerta verde, la puerta naranja, está Marla. La puerta azul: Marla está allí de pie. Mentirosa. Durante la meditación guiada, mientras atravieso la cueva, el animal que me hace de guía es Marla. Marla, mientras
fuma un cigarrillo y entorna los ojos. Mentirosa. Con su pelo negro y labios carnosos, estilo francés. Farsante. Labios de sofá italiano de cuero oscuro. No tienes escapatoria.
Cloe sí era auténtica.
Cloe era tal y como sería el esqueleto de la cantante Joni Mitchell si consiguieras hacerle sonreír y pasearse por una fiesta mostrando una amabilidad exquisita con todo el mundo. Imagínate el popular esqueleto de Cloe, del tamaño de un insecto y corriendo a las dos de la mañana por los sótanos y las galerías de sus tripas. Su pulso convertido en una sirena cuyo aullido se oye por encima de todos y que anuncia: preparada para morir dentro de diez segundos, nueve, ocho. La muerte se iniciará dentro de siete segundos, seis...
Por la noche Cloe corrió por el laberinto de sus propias venas colapsadas y por conductos que reventaban para derramar linfa caliente. Los nervios asomaban por el tejido como cables trampa y brotaban abscesos que se hinchaban como perlas blancas y calientes.
Aviso de megafonía: Preparada para evacuar los intestinos dentro de nueve segundos, ocho, siete.
Preparada para evacuar el alma dentro de diez segundos, nueve, ocho.
Cloe avanza chapoteando en el líquido expulsado por sus ríñones enfermos, y que ahora le llega a los tobillos.
La muerte comenzará dentro de cinco segundos.
Cinco, cuatro.
Cuatro.
En torno a ella, el pulverizador antiparásitos tiñe su corazón.
Cuatro, tres.
Tres, dos.
Cloe escala a pulso los conductos helados de su garganta.
La muerte comenzará dentro de tres segundos, dos.
La luz de la luna entra por su boca abierta.
Preparados para el último aliento, ya.
Evacuación.
Ya.
El alma se libera del cuerpo.
Ya.
Se inicia la muerte.
Ya.
¡Oh!, sería tan delicioso recordar el amasijo de huesos calientes de Cloe aún en mis brazos mientras Cloe yace muerta en alguna parte.
Pero no, Marla me observa.
Durante la meditación guiada abro los brazos para recibir al niño que hay en mí y el niño es Marla fumando un cigarrillo. No aparece ninguna bola de luz curativa. Mentirosa. Ni los chakras. Imaginaos los chakras abriéndose como flores y, en el centro de cada uno, una deliciosa explosión de luz a cámara lenta.
Mentirosa.
Mis chakras siguen cerrados.
Al terminar la meditación, todos se estiran, giran la cabeza de un lado a otro y se ayudan a ponerse de pie para estar preparados. Contacto físico terapéutico. A la hora del abrazo, doy tres pasos y me planto delante de Marla, que levanta la mirada y fija la vista en mi rostro mientras yo observo al resto, que ya está preparado para la representación.
Vamos, la actuación va a empezar; abrazad a quien tengáis más cerca.
Mis brazos se cierran como cepos en torno a Marla.
Esta noche escoged a alguien especial.
Marla mantiene prendidos a su cintura dedos que parecen cigarrillos.
Decidle a vuestro compañero cómo os sentís.
Marla no tiene cáncer testicular. Marla no tiene tuberculosis ni se está muriendo. Bueno, está bien; según la sesuda filosofía sobre la nutrición cerebral, todos nos estamos muriendo; sin embargo, Marla no se está muriendo de la misma forma que se moría Cloe.
El momento ha llegado, entregaos.
Entonces, Marla, ¿te gustan estas manzanas?
Entregaos a fondo.
Marla, lárgate. Vete. Vete.
¡Adelante! Llorad si queréis.
Marla me mira fijamente. Tiene los ojos castaños. Los lóbulos de las orejas se arrugan en torno a los agujeros de los pendientes, aunque no los lleva puestos. Sus labios agrietados están escarchados con piel muerta.
Adelante, llorad.
—Tampoco tú te estás muriendo —dice Marla.
A nuestro alrededor, las parejas sollozan, abrazadas.
—Si me denuncias —dice Marla—, te denunciaré.
—Entonces, podemos repartirnos la semana, —le digo. Marla puede quedarse las enfermedades óseas, los parásitos cerebrales y la tuberculosis. Yo me reservo el cáncer testicular, los parásitos sanguíneos y la demencia encefálica orgánica.
—¿Y qué pasa con el cáncer de colon ascendente? —pregunta Marla.
Esta chica ha hecho los deberes.
Nos repartiremos el cáncer de intestino. Ella irá el primer y el tercer domingo de cada mes.
—No —dice Marla.
No; lo quiere todo. Los cánceres y los parásitos. Marla entrecierra los ojos. Nunca soñó que pudiera sentirse tan maravillosamente bien. De hecho se sentía viva. Tenía la piel más clara. Nunca había visto a un muerto. No sabía bien qué era la vida porque no tenía con qué contrastarla. ¡Ah!, pero ahora conocía experiencias de agonía, muerte, dolor y pérdida; llanto, temblores, terror y remordimientos. Ahora que sabe a dónde vamos todos, Marla disfruta cada instante de la vida.
No, no estaba dispuesta a dejar ningún grupo de apoyo.
—No, nada de volver al anterior estilo de vida —dice Marla. Trabajaba en una funeraria para sentirme a gusto conmigo misma, sólo por seguir respirando. ¿Qué pasaría si no encontrara trabajo en mi campo?
—Pues vuelve a trabajar en la funeraria, —le contesto.
—Los funerales no se pueden comparar en nada con esto —me dice Marla—. Los funerales son ceremonias abstractas. Aquí, en cambio, adquieres una experiencia real de la muerte.
A nuestro alrededor, las parejas se secan las lágrimas, se sorben la nariz, se dan palmaditas en la espalda y se separan.
—No podemos venir los dos, —le digo.
—Pues no vengas.
Lo necesito.
—Entonces vete a los funerales.
Los demás se han separado y se dan la mano para la oración final. Suelto a Marla.
—¿Cuánto hace que vienes aquí?
La oración final.
Dos años.
Un hombre del círculo de los que rezan me coge una mano. Otro coge la mano de Marla. Por lo general, cuando comienzan estas oraciones dejo de respirar. ¡Oh!, bendícenos. ¡Oh!, bendice nuestra rabia y nuestros miedos.
—¿Dos años? —Marla inclina la cabeza para hablar en un susurro.
¡Oh! Bendícenos y ampáranos.
A lo largo de estos dos años, si alguien pudo habeme descubierto, o bien había fallecido o se había recuperado y dejado de asistir.
Ayúdanos, ayúdanos.
—Está bien —accede Marla—, de acuerdo, de acuerdo. Te dejo el grupo de cáncer testicular.
Bob el grandullón, ese bendito pedazo de pan, seguirá mojándome con sus lágrimas. Gracias.
Condúcenos a nuestro destino. Danos la paz.
—De nada.
Así conocí a Marla.
Cuatro
Esta noche están aquí todos los típicos parásitos cerebrales. Las sesiones de Arriba y Más Allá siempre cuentan con una nutrida asistencia. Éste es Peter. Este es Aldo. Esta es Marcy.
¿Qué tal?
Presentaciones. Hola a todos; ésta es Marla Singer; es la primera vez que viene.
Hola, Marla.
La sesión de Arriba y Más Allá comienza con el rap de la recuperación. El grupo de apoyo no se llama Enfermos con Parásitos Cerebrales. Jamás oirás a nadie decir parásitos. Todos están siempre en franca mejoría. ¡Ah, este nuevo medicamento! Aunque siempre acaban de salir de un bache, no verás más que miradas extraviadas, tras llevar cinco días con dolor de cabeza. Una mujer se enjuga unas lágrimas involuntarias. Todos llevan una tarjeta de identificación y la gente a la que has visto todos los martes por la noche a lo largo de un año, acude a tu encuentro con la mano tendida y los ojos clavados en tu tarjeta de identificación.
No creo que nos conozcamos.
Nadie dirá parásitos. Dirán agentes.
Tampoco dirán curación. Dirán tratamiento.
Durante el rap de la recuperación uno de los enfermos describirá la forma en que el agente se extendió por su columna vertebral hasta que, de repente, perdió el control sobre la mano izquierda. El agente, dirá alguno, le ha secado las meninges y ahora el cerebro se desplaza con libertad dentro del cráneo provocando este tipo de ataques.
La última vez que estuve aquí, la mujer llamada Cloe nos comunicó las únicas noticias buenas que tenía. Cloe se puso de pie con dificultad, apoyándose en los brazos de madera de la silla, y dijo que ya no tenía miedo a morirse.
Esta noche, después de las presentaciones y el rap de la recuperación, una chica a la que no conozco y cuya tarjeta la identifica como Glenda nos dice que es la hermana de Cloe y que, por fin, a las dos de la mañana del martes pasado Cloe se murió.
¡Oh! Este momento debería de ser delicioso. Durante dos años Cloe ha llorado en mis brazos y ahora está muerta; muerta y enterrada, enterrada en una urna, mausoleo o columbario. ¡Oh!, la prueba de que un día estás vivo y arrastrándote por el mundo, y al siguiente te has convertido en un frío fertilizante, en bufé para gusanos. Este es el asombroso milagro de la muerte, y sería un momento delicioso si no fuera por... ¡ah! por esa mujer.
Marla.
¡Vaya! Marla me está mirando otra vez, destacándose entre todos los parásitos cerebrales.
Mentirosa.
Farsante.
Farsante.
Marla es la farsante. Tú eres el farsante. En realidad, cada vez que alguien pone cara de dolor, o cae al suelo retorciéndose y gruñendo mientras la entrepierna de sus vaqueros se vuelve azul oscuro, todo es una farsa.Esta noche, de repente, la meditación guiada no me transportará a ninguna parte. Detrás de cada una de las siete puertas del palacio, la puerta verde, la puerta naranja, está Marla. La puerta azul: Marla está allí de pie. Mentirosa. Durante la meditación guiada, mientras atravieso la cueva, el animal que me hace de guía es Marla. Marla, mientras
fuma un cigarrillo y entorna los ojos. Mentirosa. Con su pelo negro y labios carnosos, estilo francés. Farsante. Labios de sofá italiano de cuero oscuro. No tienes escapatoria.
Cloe sí era auténtica.
Cloe era tal y como sería el esqueleto de la cantante Joni Mitchell si consiguieras hacerle sonreír y pasearse por una fiesta mostrando una amabilidad exquisita con todo el mundo. Imagínate el popular esqueleto de Cloe, del tamaño de un insecto y corriendo a las dos de la mañana por los sótanos y las galerías de sus tripas. Su pulso convertido en una sirena cuyo aullido se oye por encima de todos y que anuncia: preparada para morir dentro de diez segundos, nueve, ocho. La muerte se iniciará dentro de siete segundos, seis...
Por la noche Cloe corrió por el laberinto de sus propias venas colapsadas y por conductos que reventaban para derramar linfa caliente. Los nervios asomaban por el tejido como cables trampa y brotaban abscesos que se hinchaban como perlas blancas y calientes.
Aviso de megafonía: Preparada para evacuar los intestinos dentro de nueve segundos, ocho, siete.
Preparada para evacuar el alma dentro de diez segundos, nueve, ocho.
Cloe avanza chapoteando en el líquido expulsado por sus ríñones enfermos, y que ahora le llega a los tobillos.
La muerte comenzará dentro de cinco segundos.
Cinco, cuatro.
Cuatro.
En torno a ella, el pulverizador antiparásitos tiñe su corazón.
Cuatro, tres.
Tres, dos.
Cloe escala a pulso los conductos helados de su garganta.
La muerte comenzará dentro de tres segundos, dos.
La luz de la luna entra por su boca abierta.
Preparados para el último aliento, ya.
Evacuación.
Ya.
El alma se libera del cuerpo.
Ya.
Se inicia la muerte.
Ya.
¡Oh!, sería tan delicioso recordar el amasijo de huesos calientes de Cloe aún en mis brazos mientras Cloe yace muerta en alguna parte.
Pero no, Marla me observa.
Durante la meditación guiada abro los brazos para recibir al niño que hay en mí y el niño es Marla fumando un cigarrillo. No aparece ninguna bola de luz curativa. Mentirosa. Ni los chakras. Imaginaos los chakras abriéndose como flores y, en el centro de cada uno, una deliciosa explosión de luz a cámara lenta.
Mentirosa.
Mis chakras siguen cerrados.
Al terminar la meditación, todos se estiran, giran la cabeza de un lado a otro y se ayudan a ponerse de pie para estar preparados. Contacto físico terapéutico. A la hora del abrazo, doy tres pasos y me planto delante de Marla, que levanta la mirada y fija la vista en mi rostro mientras yo observo al resto, que ya está preparado para la representación.
Vamos, la actuación va a empezar; abrazad a quien tengáis más cerca.
Mis brazos se cierran como cepos en torno a Marla.
Esta noche escoged a alguien especial.
Marla mantiene prendidos a su cintura dedos que parecen cigarrillos.
Decidle a vuestro compañero cómo os sentís.
Marla no tiene cáncer testicular. Marla no tiene tuberculosis ni se está muriendo. Bueno, está bien; según la sesuda filosofía sobre la nutrición cerebral, todos nos estamos muriendo; sin embargo, Marla no se está muriendo de la misma forma que se moría Cloe.
El momento ha llegado, entregaos.
Entonces, Marla, ¿te gustan estas manzanas?
Entregaos a fondo.
Marla, lárgate. Vete. Vete.
¡Adelante! Llorad si queréis.
Marla me mira fijamente. Tiene los ojos castaños. Los lóbulos de las orejas se arrugan en torno a los agujeros de los pendientes, aunque no los lleva puestos. Sus labios agrietados están escarchados con piel muerta.
Adelante, llorad.
—Tampoco tú te estás muriendo —dice Marla.
A nuestro alrededor, las parejas sollozan, abrazadas.
—Si me denuncias —dice Marla—, te denunciaré.
—Entonces, podemos repartirnos la semana, —le digo. Marla puede quedarse las enfermedades óseas, los parásitos cerebrales y la tuberculosis. Yo me reservo el cáncer testicular, los parásitos sanguíneos y la demencia encefálica orgánica.
—¿Y qué pasa con el cáncer de colon ascendente? —pregunta Marla.
Esta chica ha hecho los deberes.
Nos repartiremos el cáncer de intestino. Ella irá el primer y el tercer domingo de cada mes.
—No —dice Marla.
No; lo quiere todo. Los cánceres y los parásitos. Marla entrecierra los ojos. Nunca soñó que pudiera sentirse tan maravillosamente bien. De hecho se sentía viva. Tenía la piel más clara. Nunca había visto a un muerto. No sabía bien qué era la vida porque no tenía con qué contrastarla. ¡Ah!, pero ahora conocía experiencias de agonía, muerte, dolor y pérdida; llanto, temblores, terror y remordimientos. Ahora que sabe a dónde vamos todos, Marla disfruta cada instante de la vida.
No, no estaba dispuesta a dejar ningún grupo de apoyo.
—No, nada de volver al anterior estilo de vida —dice Marla. Trabajaba en una funeraria para sentirme a gusto conmigo misma, sólo por seguir respirando. ¿Qué pasaría si no encontrara trabajo en mi campo?
—Pues vuelve a trabajar en la funeraria, —le contesto.
—Los funerales no se pueden comparar en nada con esto —me dice Marla—. Los funerales son ceremonias abstractas. Aquí, en cambio, adquieres una experiencia real de la muerte.
A nuestro alrededor, las parejas se secan las lágrimas, se sorben la nariz, se dan palmaditas en la espalda y se separan.
—No podemos venir los dos, —le digo.
—Pues no vengas.
Lo necesito.
—Entonces vete a los funerales.
Los demás se han separado y se dan la mano para la oración final. Suelto a Marla.
—¿Cuánto hace que vienes aquí?
La oración final.
Dos años.
Un hombre del círculo de los que rezan me coge una mano. Otro coge la mano de Marla. Por lo general, cuando comienzan estas oraciones dejo de respirar. ¡Oh!, bendícenos. ¡Oh!, bendice nuestra rabia y nuestros miedos.
—¿Dos años? —Marla inclina la cabeza para hablar en un susurro.
¡Oh! Bendícenos y ampáranos.
A lo largo de estos dos años, si alguien pudo habeme descubierto, o bien había fallecido o se había recuperado y dejado de asistir.
Ayúdanos, ayúdanos.
—Está bien —accede Marla—, de acuerdo, de acuerdo. Te dejo el grupo de cáncer testicular.
Bob el grandullón, ese bendito pedazo de pan, seguirá mojándome con sus lágrimas. Gracias.
Condúcenos a nuestro destino. Danos la paz.
—De nada.
Así conocí a Marla.
HOLA...
ResponderBorrarME AYUDARIAS A SABER QUE BANDA ES LA QUE TOCA LA CANCION DE CUANDO VAN ENTRANDO AL BAR DONDE PELEAN EN EL SOTANO???
GRACIAS...(elgodines1@hotmail.com)
¿cuando subes el resto del libro del club de la pelea?
ResponderBorrarpor favor m avisas ¿cuando subiras el resto del libro del club de la pelea?
ResponderBorrarcacho.94@hotmail.com gracias por los 4 capitulos