Las nuevas tecnologías han condicionado nuestra concepción del mundo. Internet, los portales de contactos virtuales, el gran consumo de cine en casa, los videojuegos o incluso el ya tradicional móvil ha modificado los sistemas de comunicación de los humanos. Parece que a medida que avanzamos en realidades tecnologizantes, el contacto directo entre individuos se va enfriando. Escasea. La virtualidad y los avatares son los nuevos dispositivos de encuentro en el s. XXI. Esto viene a cuento porque hace un par de días tuve acceso a una curiosa declaración del dúctil actor Josep Maria Pou a quien le preguntaron el por qué del aumento de público de teatro en los últimos tiempos. Pou, el sabio, no se remitió a la explosión de creatividad escénica, tampoco respondió ateniendo al incremento de infraestructuras dignas para explicar esta situación. Con análisis freudiano sentenció: "vamos al teatro para rozarnos los codos entre las butacas". Sus palabras retumbaron durante largos minutos en esta pajaril cabecita hasta que recordé aquella famosa teoría de Jodorowsky que argumentaba que los pacientes van al psicoanalista por el mero hecho de pagar, pues es sólo entonces cuando se estrechan las manos y el ser humano se redime al contacto carnal con otro. Todo ello me hizo pensar más de lo normal (tal vez condicionado por la conmoción de la poesía de Olvido García Valdés a la que acababa de tener acceso en CajaCanarias). Entonces recordé las continuas quejas del público del Auditorio de Tenerife a quienes molesta sobremanera esa disposición de butacas tan próxima y limitada. Sólo luego entendí que la genialidad de Calatrava residió en diseñar un espacio en el que, por obligación, la gente debe tocarse. Espléndido. Tal vez si lo concebimos así, nuestro goce en el templo sonoro sea aún mayor (carnalmente, claro). Espero verles durante el Festival, (y rozarles)
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